Katherine Jenkins es la mezzosoprano de mayor éxito comercial en la historia de la música clásica. Ha logrado transgredir, amablemente y con covers de canciones pop en mano, la cada vez más tenue frontera musical. Su último álbum, Believe, el más accesible de su catálogo de canciones pone el acelerador en su siempre presente idea de realizar versiones operísticas de temas pertenecientes a otro género (como lo ha hecho con Dolly Parton, Queen, Leonard Cohen, la Piaf y así).
Jenkins, que se presentará aquí el sábado 16 de julio en el teatro Coliseo, sabe que una de las críticas que se le hacen viene de quienes afirman que, más allá de su talento vocal, lo que conquista al público es su belleza: “Es difícil de responder respecto a ese tema. Sí sé que me considero extremadamente afortunada con mi suerte. Pero, al mismo tiempo, que he trabajado muchísimo. Jamás diría: soy bella, no me corresponde a mí. De hecho, he tenido problemas por eso en programas de televisión donde ese tema genera cierta polémica. No soy narcisista, no soy tan estúpida como para creer que la belleza me llevó adonde estoy. Soy cantante, no modelo”.
—Existe una idea sobre la música clásica que suele mutar en un preconcepto. ¿En qué punto creés que se sitúa el tratamiento que llevás a cabo a partir de mezclar pop y clasicismo?—Tiene que ver con una cuestión cultural. Digo, hay una idea un poco ya fosilizada de que es música para “viejos”, de una cosa hermética traspasada de generación en generación. Pero yo tengo una vida bastante normal, no de alcurnia. De hecho, hasta podría decirse que tuve una historia de vida humilde. Eso de pertenecer o no es un poco una bobada. Hay grandes cosas en lo clásico, como en lo pop. Creo que es un lindo momento para la música clásica; se está haciendo más accesible, hay generaciones que han perdido pruritos que otros no se pudieron sacar. Si tengo que pensar en qué me gusta, puedo hacerlo tanto hablando de Maria Callas como de Lady Gaga o Beyoncé, de Barbra Streisand como de Judy Garland.
—¿Te gustaría grabar con Lady Gaga o Beyoncé?—Obvio. Sería muy divertido grabar con alguna de ellas. ¿Por qué no habría de serlo? A todos nos gusta el pop, pero ellas lo hacen de una forma muy personal, que creo nos acerca. Cuando hago una versión clásica de un tema pop no lo hago por el factor “llevar a otro público”, eso está ahí, seguro. Lo hago porque me gusta, me hace feliz. Ahora, en este instante, estoy escuchando la radio. O mi iPod tiene tanto clásico como pop, pero eso me es común, como podría –ojo, no debería– ser para cualquiera.
—Pero al mismo tiempo, tu carrera ha tenido momentos más cercanos a los chismes que genera una estrella de rock, por ejemplo, tus declaraciones sobre la droga.—Es cierto, pero eso obedece a otra esfera. Pero sí. Fue raro. Eran mis primeras entrevistas y me preguntaron si había consumido drogas. Y dije que no, mentí. E inmediatamente quise reparar eso. Pero tenía miedo, decir que una había consumido puede leerse como que uno incita a los jóvenes, y nada más lejano. Preferí sersincera. Igual que cuando me preguntaron sobre el intento de violación que sufrí. Ahí el valor que prima no es el espectáculo, es la sinceridad.
